Deportes
Aquella final del Mundial 78
Pasaron 30 años del día consagratorio en el Monumental, donde miles de almas argentinas gritaron "campeón" después de un emocionante tiempo suplementario ante Holanda. En medio de todo, la dictadura se apropiaba de la gloria deportiva que envolvió a todo un país.
Hace treinta años, bajo el cielo del Monumental, un estadio entero tiraba papelitos y gritaba el gol de Daniel Bertoni, el tercero de la final frente a Holanda. Ese estallido resultaba también la certeza del primer título mundial en la historia del fútbol argentino. Sucedía todo eso en el contexto de un país de dolores y horrores cotidianos; el de la última dictadura, el de los desaparecidos, el de la desesperación de familias deshechas. La alegría pública y futbolera era también la máscara de la Argentina cruel. A apenas un kilómetro del escenario de la celebración deportiva, estaba la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro clandestino de detención más grande de la última dictadura. Detrás de ese muro había lo único que podía haber: silencio o un puñado de contradictorios gritos de gol. "Y algunos kilómetros más allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo del mar" , agrega Eduardo Galeano, en su relato El Mundial 78 , del libro Fútbol a sol y sombra . La Selección Argentina era un equipo con futbolistas destacados, con un estilo de juego que reivindicaba la mejor tradición del fútbol argentino y con una ventaja grande: ser local. Empezó con dos victorias calcadas : 2-1 a Hungría y 2-1 a Francia. La caída ante Italia (0-1) obligó al traslado desde Núñez hacia Rosario. Entonces, apareció la gran figura del Mundial: Mario Kempes. Hizo los dos goles en el 2-0 ante Polonia y otro par en el partido más polémico del Mundial: el 6-0 a Perú. En el medio, un inmenso Ubaldo Fillol garantizó el cero en el empate contra Brasil. El 21 de junio, Argentina enfrentó a Perú, en Arroyito, con la certeza de que debía golear por al menos cuatro goles para disputar la final. Se trató y se trata de un partido interminable , rodeado de mil versiones y rumores jamás comprobados: sobornos e incentivos directos a jugadores, un acuerdo entre los dos Gobiernos de facto (el de Videla y el de Francisco Morales Bermúdez), presiones de las más altas autoridades y varios etcéteras afines. Cuatro días después, se jugó la final, ya de regreso en Buenos Aires. El rival era Holanda, finalista en Alemania 1974. No contaba con su estrella mayor: Johan Cruyff. Su ausencia en Argentina -más allá de especulaciones sobre un rechazo a la organización- la explicó hace poco: "Fue por motivos familiares". Sin embargo, Holanda jugó de igual a igual en un partido muy emotivo. Kempes puso el 1-0 en el primer tiempo. Nanninga empató a ocho minutos del final. Rensenbrink pegó un tiro en el palo cuando quedaba casi nada. Pero llegó el alargue, y con él, los goles de Kempes y de Bertoni, frutos de una generosidad ofensiva irrompible. También los gritos. Ese bullicio que no dejaba escuchar los alaridos de los desesperados.
Hace treinta años, bajo el cielo del Monumental, un estadio entero tiraba papelitos y gritaba el gol de Daniel Bertoni, el tercero de la final frente a Holanda. Ese estallido resultaba también la certeza del primer título mundial en la historia del fútbol argentino. Sucedía todo eso en el contexto de un país de dolores y horrores cotidianos; el de la última dictadura, el de los desaparecidos, el de la desesperación de familias deshechas. La alegría pública y futbolera era también la máscara de la Argentina cruel. A apenas un kilómetro del escenario de la celebración deportiva, estaba la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro clandestino de detención más grande de la última dictadura. Detrás de ese muro había lo único que podía haber: silencio o un puñado de contradictorios gritos de gol. "Y algunos kilómetros más allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo del mar" , agrega Eduardo Galeano, en su relato El Mundial 78 , del libro Fútbol a sol y sombra . La Selección Argentina era un equipo con futbolistas destacados, con un estilo de juego que reivindicaba la mejor tradición del fútbol argentino y con una ventaja grande: ser local. Empezó con dos victorias calcadas : 2-1 a Hungría y 2-1 a Francia. La caída ante Italia (0-1) obligó al traslado desde Núñez hacia Rosario. Entonces, apareció la gran figura del Mundial: Mario Kempes. Hizo los dos goles en el 2-0 ante Polonia y otro par en el partido más polémico del Mundial: el 6-0 a Perú. En el medio, un inmenso Ubaldo Fillol garantizó el cero en el empate contra Brasil. El 21 de junio, Argentina enfrentó a Perú, en Arroyito, con la certeza de que debía golear por al menos cuatro goles para disputar la final. Se trató y se trata de un partido interminable , rodeado de mil versiones y rumores jamás comprobados: sobornos e incentivos directos a jugadores, un acuerdo entre los dos Gobiernos de facto (el de Videla y el de Francisco Morales Bermúdez), presiones de las más altas autoridades y varios etcéteras afines. Cuatro días después, se jugó la final, ya de regreso en Buenos Aires. El rival era Holanda, finalista en Alemania 1974. No contaba con su estrella mayor: Johan Cruyff. Su ausencia en Argentina -más allá de especulaciones sobre un rechazo a la organización- la explicó hace poco: "Fue por motivos familiares". Sin embargo, Holanda jugó de igual a igual en un partido muy emotivo. Kempes puso el 1-0 en el primer tiempo. Nanninga empató a ocho minutos del final. Rensenbrink pegó un tiro en el palo cuando quedaba casi nada. Pero llegó el alargue, y con él, los goles de Kempes y de Bertoni, frutos de una generosidad ofensiva irrompible. También los gritos. Ese bullicio que no dejaba escuchar los alaridos de los desesperados.
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