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CULTURA
Historias de viveza criolla: ¿la virtud y el karma de los argentinos?
En su libro “La Argentina increíble” la periodista Emilse Pizarro reúne relatos de ingenio y trampa que hablan de la celebrada creatividad argentina pero también de uno de sus problemas.


“Imaginemos una Argentina sin tragedia. Esa Argentina existe, y está en su comedia. ¿Quiénes son sus personajes estelares? Los argentinos”. Así presenta el escritor Juan José Becerra La Argentina increíble, un libro de la periodista Emilse Pizarro que tiene un subtítulo elocuente: “Historias de viveza criolla en un país de novela”.


Así, se contarán aquí algunas historias de cierta Argentina bizarra -así se llamó un libro de Matías Bauso-, como la aparición, en 1992, de un “diputrucho” que ocupó una banca sin haber sin haber sido votado y votó la privatización del gas; o una “banda delictiva de niños cantores de la Lotería Nacional”, que en 1943 hicieron ganar a un número elegido por ellos y también -1991- la historia de la Ferrari que unos empresarios le habían regalado al entonces presidente Carlos Menem y que él manejó de Buenos Aires a Pinamar en apenas tres horas y media, dos menos que las habituales (rompiendo algunas reglas más que las viales).


“Entre la chantada y la licencia poética, la trampa y el candor, estos casos clínicos de la vida nacional cursan el último siglo de un país que ha hecho de los sucesos inconcebibles su marca registrada”, dice Becerra.


Pizarro nació en Buenos Aires en 1979 y trabajó como periodista en La Nación y en Infobae. En su curriculum anota que es hincha de Racing y fan de Rod Stewart.

¿Para ella la famosa viveza criolla es virtud o karma? “Virtud y karma”, responde con un guiño.


¿Qué la llevó a contar estas historias? Dice Pizarro: “Me apasiona el dato perdido, ese que, de no contarse, no alteraría en lo más mínimo la historia de un país. Pero sucede que al investigar varios y evaluar su contexto es evidente que fueron necesarios para esas historias que explican el rumbo del país”.

Pero hay más: “La creatividad que nos enorgullece y por la que somos reconocidos (“Afuera eligen a argentinos porque saben solucionar problemas con pocos recursos”) la hemos aplicado a causas nobles y ruines en idéntica medida. En la trampa hay creatividad, en el “si pasa, pasa” hay osadía. Alguno más frecuentemente y otros menos, pero es seguro que todos, al menos una vez en nuestras vidas, las hemos festejado en la intimidad”.

¿Esa viveza define a los argentinos? Pizarro responde desde adentro: “Las historias que cuento en La Argentina increíble retratan algo en lo que creo y es que somos a pesar de ellas y por ellas el mejor país del mundo”.

La Argentina increíble estará en las librerías desde el miércoles 3. Aquí, el de los niños cantores de la Lotería Nacional

En 1942 la Segunda Guerra Mundial era la actualidad: las tapas de los diarios argentinos estaban enteramente dedicadas al tema; tan sólo nueve meses atrás, en diciembre de 1941, Japón había atacado Pearl Harbor.

El 4 de septiembre de 1942, mientras el Ejército Rojo luchaba por sostener Stalingrado ante las fuerzas nazis, en la Lotería Nacional y ante la mirada de un salón repleto, los niños cantores anunciaban el primer premio. El 31 025 salía a la cabeza, se llevaba trescientos mil pesos y ellos ya sabían a qué bolsillo iría: al suyo. Tres días antes habían comprado ese billete. Era el fraude más grande de la historia.

«¡Trescieeentos miiil peeesos!», gritó uno de los tres niños cantores que estaban en el escenario. A su lado, sus dos compañeros permanecían erguidos junto a los globos de vidrio. En el más pequeño se mareaban las bolillas que indicaban los premios. En el más grande, se agitaban los números en el que la bolilla 31 025 jamás estuvo. Eran poco más de las once de la mañana del 4 de septiembre de 1942 cuando, en la sala principal del edificio de Lotería Nacional, los globos sorteadores se llenaron como siempre. Las 250 bolillas llegaron en bandejas de madera y bajo la mirada de un escribano. Recién ahí se volcaban dentro de los globos transparentes.


De impecable guardapolvo, Nicolás Praino, el niño cantor de dieciocho años, esperaba el momento. En uno de sus bolsillos tenía la bolilla número 31 025 que había quitado de la bandeja minutos antes. En su lugar había colocado una falsa. Su compañero, Miguel Navas, dos años mayor, había acercado la solución: un amigo tornero. Navas le había encargado a Salvio Lancelotti, ducho con el torno, hacer una bolilla lisa para poder sustituir en la bandeja la que él tendría guardada en sus pantalones. Sin que se viera el número, bien podría ser la que faltaba. Lancelotti practicó y preparó siete: la obsesión era con el color; debía ser lo más parecida a las auténticas. No eran las primeras que hacía. En el sorteo del 24 de julio ya habían probado el mecanismo con un premio menor. En esa oportunidad torneó dos: para el premio de cinco mil pesos y para el número 25 977. Pero el sorteo de septiembre en el que se llevaron trescientos mil pesos también había sido un ensayo: la mirada estaba puesta en el gordo de Navidad, cuando se sortearían seis millones de pesos.

La Guerra Mundial continuaba, pero el tema ganaba un espacio en las portadas. «Ha sido fraudulento el último sorteo de la Lotería Nacional: hay detenidos que confesaron el delito», titulaba el diario La Razón en su quinta edición unos días después. Arriba, más grande, «Churchill hizo en la Cámara de los Comunes una larga y minuciosa exposición sobre la guerra».

Al cabo de unas horas de interrogatorio, Navas fue uno de los primeros en confesar. La policía allanó su casa y se llevaron cincuenta y tres mil pesos. Los había escondido en el jardín. Otro tenía veintiocho mil en una alacena. Los sospechosos eran nueve: el tornero y ocho niños cantores. Todos estaban detenidos, menos uno: Enrique Tambone, de veinticuatro años, quien era señalado como el cabecilla y estaba prófugo.

En su edición del día del fraude, el diario Crítica publicó: «Desde anoche se hablaba de que la grande terminaría en 025; a tal punto que los levantadores de quinielas resolvieron defenderse y no tomar jugadas al 025». Un día después titulaba así: «Organizados en banda, los niños cantores coparon la última de la Grande Nacional». Y continuaba: «En las barbas del escribano y autoridades de la Lotería dieron el viernes su último golpe. Comisionaron la compra del 31 025 en Santa Fe, La Rioja y Entre Ríos».

Al diputado nacional Agustín Rodríguez Araya también le había llegado el dato: «Todo el mundo está cargando al 025 derecho y a la cabeza». Así lo cuenta en el libro que publicó en 1943, Mientras los niños cantan (Ediciones Universal, 1943). Araya no estaba tras los niños cantores, los niños cantores se cruzaron en su camino. El diputado tenía a la Lotería entre ceja y ceja desde hacía tiempo: meses antes del fraude, en mayo de 1942, había creado una comisión investigadora a partir de, otra vez, algo que escuchó: «Alguien hizo una broma en apariencia fútil que dejó preocupado mi espíritu y acicateó el recelo de mis funciones de legislador: “Preocúpate de conseguir unas decenas de beneficencia ¡Consíguete un marquesado criollo y vivirás tranquilo!”», cuenta que le dijeron. Araya, como diputado por la provincia de Santa Fe, inició la investigación y apuntó contra el ministro de Exteriores Enrique Ruiz Guiñazú, a cargo de todo lo que tuviera que ver con la lotería. Quería saber cómo se estaban manejando los fondos y el destino de los beneficios.

La Lotería Nacional –disuelta en 2018 por decreto– se creó en 1895 por ley. El objetivo era la beneficencia «de los menesterosos desamparados, mediante la construcción y sostenimiento de hospitales y asilos públicos». Cuando se reglamentó se sumó un detalle: se estableció la concesión de la venta de decenas como medio para socorrer directamente a los necesitados. El mecanismo prometía asistir a los que más lo necesitaban pero nada decía del criterio.

Araya encaró una tarea titánica al llamar uno por uno a los beneficiarios que figuraban en la lista que le habían dado en Lotería Nacional. Allí sabían que muy lejos no llegaría: los domicilios declarados eran falsos. Ayudado por la guía telefónica y la guía social de la época, el diputado logró dar con los verdaderos destinatarios de las decenas. Había desde parientes de expresidentes y de jueces, el cuñado de un ministro, una mujer con ocho mil hectáreas en una provincia del litoral, el intendente de Balcarce y hasta un banco de crédito: el Itterman figuraba como beneficiario.

«Muchos de los datos los comprobé con la guía social, que son suministrados por los mismos interesados. Hay damas que se hospedan en el Alvear Palace Hotel», contó en su presentación ante la Cámara de Diputados. También presentó un balance de lo que entraba y salía de la Lotería desde sus inicios hasta 1942. El último presentado por Lotería Nacional era de 1940.


Al momento de declarar, dos jóvenes mujeres se presentaron con otro apellido. El diálogo lo reproduce Araya en su libro:

—¿Cómo se explica este apellido? —preguntó el diputado.

—Para la Lotería usamos el de mamá. Usted sabe lo que es la gente. El Presidente de la República nos aconsejó que así lo hiciéramos, para que, por la notoriedad de nuestro apellido no se descubriera el beneficio de que gozábamos. Así evitamos compromisos nosotras y él.

Durante los interrogatorios recibió desde invitaciones a tertulias –«en casa servimos buenos mates»– hasta caricias por debajo de la mesa. En su libro cuenta: «Una niña elegantemente vestida acerca su silla a la mesa que nos separa; me toca suavemente el pie, para rozarme luego con alguna insistencia. Me retiro y, creyéndolo un movimiento involuntario, la miro, esperando la palabra de disculpa que me aprestaba a responder. Se sonríe e insiste en su primer gesto».

Cuatro días antes del sorteo fraudulento de septiembre Araya supo que en una lotería de la ciudad de Rosario una persona de Capital Federal había comprado el billete 31.025. Esa misma persona había ganado el 24 de julio cinco mil pesos con el número 25.977.

Araya desandó el camino del porteño que hasta había llegado a pedir la reserva del billete, también 31.025, en una lotería de la provincia de Tucumán. Entonces, las loterías provinciales se regían por el sorteo de la nacional.

El hombre le había pedido a un mozo en un bar de Rosario, Santa Fe, que llamara a la agencia tucumana para averiguar si estaba disponible el billete. En el bar, según relata Araya, «pude constatar que en la pared, al lado del aparato telefónico existente en el lugar, estaba escrito el número 31.025». El mozo le contó que fue él quien lo había escrito, «para tenerlo a la vista al formular el pedido del hombre». Cuando lo describió, todo cerró: era un hombre de mediana estatura, de aspecto humilde, con un castellano rudimentario y acento árabe. Era el mismo que andaba comprando por todos lados.


El jefe de contralor de bolilleros, Hernán Peralta, también fue detenido. Quedó comprobado que la cadena de custodia de las bolillas desde el cuarto en el que se guardaban hasta el momento del sorteo había tenido, cuanto menos, muchos descuidos y, definitivamente, los ojos de Peralta en la estratósfera.

Cuando la policía lo esposó estaba con un amigo de mediana estatura, de aspecto humilde, con un castellano rudimentario y acento árabe. Era Naum Alper, el ganador del billete en la lotería de La Rioja que no pudo ganar en Tucumán y no se supo si en Entre Ríos. La Prensa lo contaba así el 10 de septiembre de 1942: «Se comprobó que Naum Alper había andado en búsqueda del billete 31 025 de loterías provinciales. Precisamente estos raros viajes de Alper y las imprudencias de Tambone, que dio el dato a diestra y siniestra, pusieron sobre la pista del delito».

«Tambone es de mediana estatura. Viste sobretodo negro. Una crencha de pelo le cae a un costado. Viste con pobreza. Pero es desenvuelto. Sonríe con desaprensión. En el interrogatorio quiere negar al principio. Pero al cabo lo vence la vanidad», describe la crónica del 9 de septiembre de 1942 del diario Crítica. Tambone, según el cronista, se despachó así: «Me gusta hacer gauchadas, por eso divulgué entre mis amigos que saldría el 025. Como soy amigo de mis amigos, divulgué entre ellos que el 4 saldría el 025. Además, yo soy el capataz de los niños cantores».

Luego declaró que en el sorteo del 24 de julio los muchachos «lo pasaron»: «Me enteré del asunto en el mismo sorteo y me arreglaron con quinientos pesos». Un día después aparece por primera vez en los medios gráficos la foto de los muchachos. Son siete jóvenes de entre dieciséis y veintitrés años. Vestidos de traje, uno al lado del otro, todos menos uno miran a cámara. Todos tienen las manos en los bolsillos. El epígrafe acompaña: «Los acusados son los autores de las maniobras fraudulentas». Entre los cantores había un menor: tenía dieciséis años y se llamaba Francisco. Aunque se logró recuperar el total del botín de la jugada y a quienes compraron billetes para ese día les fue devuelto el dinero, las vidrieras de las agencias sufrían el escándalo.

Los alambres en los que los agencieros colgaban las tarjetas estaban atiborrados: nadie compraba. En medio de las investigaciones internas, la Lotería Nacional anunciaba el reemplazo de los niños cantores por boy scouts, «de catorce a diecisiete años, con cédula de identificación policial».


Además del color de las bolillas que obsesionaba al tornero, el peso era importante: Araya analizó las jugadas de los últimos años y comprobó que de los millares, el 36 salía menos que los otros. El diputado hizo pesar las bolillas del millar 1000 y las del millar 36 para comparar. Las del millar mil pesaban 634 gramos y las del millar 36 pesaban 734 gramos.

El plan de la banda de los niños cantores, que fue condenada a penas de entre tres y cuatro años de prisión, comenzó a pergeñarse, según el escritor Álvaro Abós, en el Café de los Angelitos. En su libro Delitos ejemplares, historias de la corrupción argentina, 1810-1997 (Norma, 1999), asegura que citaron al tornero en la esquina de Rivadavia y Rincón. Araya tiene otra versión: él habla de un café de Flores. Algo más de cuarenta años después de aquel golpe, Abós entrevistó a uno de los niños cantores. La condición fue que no publicara su nombre. Ya anciano, le confesó que solo cometieron un error: «¡Nuestra única falta fue querer comer un bocado mientras otros se llenaban la boca! Todos robaban en aquella época, señor. No fuimos los únicos. Empezando por el gobierno, que hacía fraude. Fuimos tontos».

Algo más de cuarenta años antes, Araya se sentaba a la mesa de interrogación. Frente a él estaba el quinto, sexto o quizás el séptimo niño cantor a interrogar. Después de rodeos y negaciones, el muchacho escupió:

—¡¿Qué quiere?! Casi todos viven bien y gastan más de lo que tienen, y todos los ven y no dicen nada. ¡También nosotros tenemos derecho a pasarla bien!
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