Politica
“En esa basura están los sueños, los anhelos”: la historia de Juan, de ser cartonero a fundar una radio
“Uno tiene un destino marcado, pero también está en uno poder cambiarlo”, afirma Juan Nuñez en esta charla con Infobae en la que cuenta cómo llegó a armar “La milagrosa” la radio premiada en el mundo con la que ayuda a los vecinos de Ciudad Oculta






En el interior profundo de Misiones, un nene de 13 años que acaba de abandonar la secundaria por necesidad trabaja a destajo en las cosechas de yerba. En las entrañas de Buenos Aires, desde la madrugada y hasta casi la medianoche, un hombre que apenas puede con su cuerpo y su alma arrastra un carro repleto de cartones, que pesa 160 kilos.


Entre uno y otro, las mismas carencias. Pero también los mismos sueños; los propios, esos que se cuidan, que se mantienen a resguardo. Y además, la frente bien alta, para así alcanzar a ver un futuro mejor, ese que se encuentra más allá de ese horizonte sombrío y desalentador.


Son el mismo: Juan Núñez. Nada le vino de arriba y todo lo consiguió. Debió dejar en su provincia natal dos hijos pequeños para venir a Capital y tratarse una afección en el corazón, y acá se quedó. Hizo de Ciudad Oculta su hogar, y de juntar cartones en la calle, su trabajo, y la subsistencia de su familia. Y 16 años atrás fundó La Milagrosa, una radio con fines solidarios que se emite desde el corazón del barrio, y con la que ayudó a que muchos jóvenes también logren forjar su propio destino.




“Nací en Corrientes y me crie en Misiones -comienza relatando Juan, ante Infobae-. Mi papá falleció cuando tenía tres meses y mi madre me entregó en adopción. La familia que me adoptó, dijo en el juzgado: ‘Como el padre falleció, no es que desapareció, lo abandonó o algo por el estilo, nosotros vamos a respetar el apellido’. Por eso tengo el apellido de mi papá”.


—Y esa familia que te cría, era muy humilde.

—Sí, sí. Me crie en el campo, en una zona muy muy humilde. Vengo muy de abajo, realmente. Además de humilde, era una familia grande, una pareja grande: yo era chico y tenía un hermanastro de 35 años. Y tenía un hermano biológico, Miguel, un año más grande; la familia nos adoptó a los dos. Miguel después también falleció, cuando tenía 20 años.

—¿Qué le pasó?

—Tenía un problema de salud y bueno… no lo pudo superar.

—Entre tantas falencias, ¿podés recordarla como una infancia linda?

—La vida en el campo no es nada fácil: hay muchas más necesidades de lo que uno imagina. Y era difícil. Pero también fue una infancia linda porque entiendo que toda la familia hizo lo imposible para darme lo mejor. Y lo mejor era, por lo menos, terminar la primaria.

—¿Te querían?

—Yo considero que sí. A su manera. La gente de antes era muy reservada, muy tradicional. Pero el cariño siempre estuvo en sus formas.

—¿Pudiste terminar la primaria?

—Sí, a los 13 años. Y entonces viene mi papá, con toda su tristeza, y me dice: “Mirá, quiero que sigas estudiando, pero no tengo forma de hacerlo. Yo no te puedo pagar los estudios y no queda otra: vamos a tener que salir a trabajar”. Y empecé a trabajar en el campo desde chico. Hice de todo: trabajar en la cosecha de la yerba, o directamente en la producción, para sobrevivir, para subsistir. Era un poco eso, changas, de todo.

—¿Te entristeció? ¿Entendías lo que te estaba pasando?

—Sí, entendía. Y me entristeció. Mucho. Porque bueno, uno tenía sueños. Y la idea de seguir una carrera, y de salir de esa situación. Un poco estás como condenado… No se puede. Eso es lo que hay, y hay que conformarse con lo que hay. Al poco tiempo empecé a imaginar cosas. Y una de esas cosas que imaginé fue meterme en la radio. A los 16 años empecé en mi primer trabajo en radio. Hacía periodismo deportivo. Fue mi especialidad durante 12 años. Y la secundaria la terminé hace tres años. Arranqué a estudiar en la pandemia.

—¿Cuándo y por qué venís a Buenos Aires?

—En el 2003, todavía con mucha crisis. A fines del 2002 había sufrido un robo, después de diez años de haber ahorrado con todo el trabajo que venía haciendo, con la radio y con eventos. Tenía el sueño de armar una radio en Misiones. Y a principios del 2003 sufrí un preinfarto; a los 20 días un segundo preinfarto y un cuadro de deshidratación. Ahí, con la familia decidimos cambiar de rumbo con la idea de que yo pueda hacer un tratamiento médico para mi problema de salud. Carmen, mi esposa, había vivido mucho tiempo en Buenos Aires y me dijo: “Vamos y vemos allá, que hay más posibilidades”. Llegamos con cuatro chicos y 120 pesos, a ver qué pasaba.

—¿Ya tenías cuatro chicos?

—En realidad, éramos una familia ensamblada. Yo venía de ser viudo a los 27 años, con dos chicos de tres y cuatro años, José y Cintia. Y mi esposa venía de separarse, con tres chicos. Entonces, cuando nos juntamos, los hijos de mi primer matrimonio deciden quedarse en Misiones.

—¿Con quién se quedan?

—Con la abuela materna. Era difícil que yo pudiera traerlos primero porque ya íbamos a ser un montón, y hasta que nos instalemos y demás... Y como desde que falleció la madre se criaron con su abuela, era como sacarlos de sus raíces. Hablé con ellos, les conté que tenía que venir a hacer un tratamiento médico, y les pedí que eligieran qué tenían ganas de hacer. Eligieron quedarse con la abuela. Eso también me dio la posibilidad de poder venir un poco más tranquilo a un lugar que no conocía, porque jamás imaginé venir a Buenos Aires, y menos a vivir.

—Y venís con los tres hijos de tu mujer…

—Sí, Marianela, Brian y Mica, y con uno que teníamos nosotros, nuestro primer hijo: Ángel.

—Llegan a Buenos Aires con 120 pesos, sin nada resuelto.

—Sí. Sin conocer absolutamente nada, sin saber de qué iba a trabajar, de qué iba a vivir y demás. Primero estuvimos un mes en la casa de un conocido de Carmen, en Parque Chacabuco. Y después empezamos a buscar alquiler por todos lados. Con cuatro chicos era muy difícil, y sin plata, mucho más aún. Apenas llegué a Buenos Aires salí a buscar trabajo y por suerte conseguí, pero no era suficiente.

—¿Qué conseguiste?

—Trabajaba como agente de seguridad en supermercados chinos. En esa búsqueda por alquilar, Carmen conoce en un hospital a una persona que le dice: “Venite a mi barrio, que se pueden conseguir lugares por poca plata”. Fuimos a ver dónde era y nos encontramos que era Ciudad Oculta. Yo no tenía ni idea cómo era una villa, ni nada por el estilo. Pero bueno, no teníamos más alternativa que terminar alquilando ahí una habitación con baño, para los seis, absolutamente vacía. No teníamos nada. No había cama, no había colchones, y nosotros tampoco teníamos.

—¿Con qué te encontrás al llegar a Ciudad Oculta?

—Con una familia que nos recibe, la de Martita, esta persona que Carmen conoció. Nos estaban esperando: con ellos salimos a caminar el barrio, a buscar un lugar, y conseguimos la habitación. Y esta familia nos ayudó a conseguir todo lo que necesitábamos: uno fue donando una cosa; otro, otra cosa, y así fuimos equipando nuestra habitación. Lo primero fue tirar un colchón al piso. Terminamos todos enfermos, con neumonía y demás, porque era dormir en el piso húmedo, en pleno invierno del 2003. El cambio de clima para nosotros fue fuerte. Y Ciudad Oculta es una zona muy fría porque por los pasillos no entra mucho el sol. Y los pasillos son húmedos.

—No había cocina.

—No.

—¿Y cómo se comía?

—Apenas llegamos al barrio y nos ubicamos, esa misma familia nos dijo: “Los vamos a llevar al comedor donde pueden ir a comer”. Íbamos al comedor al mediodía, y a la noche nos arreglábamos como se podía. Pero ya estábamos tranquilos porque los chicos al mediodía comían. Y ya empezaron la escuela, jornada completa.

—¿Los pudiste anotar en la escuela sin problemas?

—Sí, fue rápido también. Apenas llegamos a Buenos Aires los inscribimos y ya empezó la rutina del colegio, todos los días.

—Hasta que en un momento te quedás sin laburo.

—Sí. Estaba trabajando en un supermercado de Villa Luro y hubo un asalto un día en que yo estaba de franco. Hirieron a un compañero mío. El asalto estaba en todos los noticieros, y mi esposa me dijo: “Vos no te vas a trabajar más ahí porque no podés arriesgar la vida por tan poca plata”. “Pero necesito trabajar”, le digo. “Mirá, hambre no vamos a pasar, hasta que consigamos otra cosa”. Estuve dos meses buscando trabajo y no podía conseguir. Un día, hablando con un vecino, me dice: “Estás en Ciudad Oculta, nadie te va a llamar para trabajar”. Este vecino ya trabajaba como cartonero: “Yo que vos agarro un carro y salgo a juntar cartones”, me dice. “No tengo idea qué juntar en la calle”, le digo. “Vos salí con el carro, juntá todo lo que encuentres y cuando vengas, yo te ayudo a clasificar y te enseño”. Y así fue.

—En esos meses buscando trabajo, con cuatro chicos, con otros dos en Misiones, a los que había que ayudar si se podía, ¿qué te pasaba a vos?

—Fue deprimente, muy triste, porque vos imaginate: me crie en una familia muy tradicional, y de golpe tenía que ir a comer a un comedor… Era toda una vergüenza.

—¿Daba vergüenza?

—Sí, sí. Mucha vergüenza. Me costaba ir, pero bueno, había que estar, para acompañar a los chicos y demostrar que estaba todo bien hasta que la situación empiece a cambiar. Y el primer día no me animaba a salir con el carro, que me lo habían prestado. Le pedí a mi esposa que me acompañe y salimos a dar unas vueltas, a ver qué pasaba. Habremos hecho diez cuadras caminando, sin saber nada.

—¿A qué zona fueron?

—Para el lado de Mataderos, muy cerquita de General Paz. Y nos llama una señora, que sale de la casa. A mí me daba vergüenza; fue Carmen. “Tengo ropa para donar, y si no te molesta te la voy a dar”, le dice la señora. Le dio cinco o seis bolsas de consorcio llenas de ropa y nos volvimos a casa. De casualidad, era toda ropa para los chicos, entonces pudimos equiparlo. Y en esos primeros viajes, fui a revisar un volquete y me encuentro con un montón de cosas que habían tirado. Y había una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, de la cual somos devotos. “Es una señal. Me tengo que dedicar en serio a esto, a salir a la calle, trabajar y ver qué pasa”, me dije. Y empecé.

a
—Como cartonero, ¿hay cuestiones que uno va aprendiendo? ¿Hay códigos?

—Sí, hay códigos. Siempre había gente que te decía: “A tal zona no podés ir”. Yo trabajé en la calle cuatro años y nunca tuve problemas, pero sí, en esa época había muchos cartoneros, venía mucha gente de provincia. Yo salía a las 6 y mi jornada laboral terminaba a las 23. Y yo hacía calle, directamente, porque no tenía lugares. Hay muchos que hacen calle y hacen galpones, depósitos, ya tienen lugares o fábricas donde les dan los cartones.

—¿Qué se junta?

—En la calle se junta de todo, pero yo trabajaba más con cartones, bolsas film y plástico. O sea, lo más liviano. Pero en la calle se trabaja vidrio, hierro, chapa, de todo. Después se clasifica y se vende.

—A plata de hoy, ¿cuánto le quedaba a alguien que trabajaba de 6 a 23?

—Y… depende. Hay días que sacabas 10 mil, 15; no mucho más.

—¿Te trataban bien en la calle?

—No. Muy poca gente te trata bien. Siempre digo que cuando un cartonero o un reciclador camina, las puertas se le van cerrando. Entiendo el contexto de inseguridad, pero la gente común, ve a alguien con un carro y cierra las puertas. Nos pasaba que había en una vereda de una cuadra habían dos o tres personas baldeando la vereda y esas personas veían que avanzabas y se metían adentro y volvían a salir cuando pasabas. Eso también genera un retroceso en la cabeza de quien está en la calle porque dice: “¡Pucha! Estoy trabajando, no le estoy robando a nadie…”. Pero bueno, la gente también tiene razón: no sabe quién es el que está en la calle.

—¿A alguien se lo dijiste? ¿A alguien le dijiste, me estás prejuzgando?.

—No, cuatro años después había un galpón que me daba algunos pequeños cartones, lo que sobraba de lo que le daba el resto. Y un día pasé por ahí y además de agradecerle, le conté para qué era lo que yo hacía. Y se sorprendió porque nadie imagina que hay detrás de un cartonero.

—Recién dijiste reciclador. ¿Está bien dicho cartonero?

—Antes era cartonero. Hoy es reciclador.

—¿Es ofensivo decir cartonero?

—Depende de quién lo diga, cómo lo diga y en qué contexto. Hay muchos que dicen cartonero como desprestigiando. Yo fui un cartonero laburante, digamos. Y salí a la calle todos los días. Yo era muy flaquito en esa época, nada que ver a cómo estoy ahora: cuando vine a Buenos Aires pesaba menos de 40 kilos. Venía de dos preinfartos y un cuadro de deshidratación.

—¿Y qué pasaba cuando llovía tres o cuatro días seguidos?

—Yo salía a la calle igual. Como en esa época muchos cartoneros venían de la provincia con carros, con caballos, yo tenía que aprovechar los días de lluvia, los feriados y los domingos, cuando no había tanta gente en la calle, y ahí podía hacer la diferencia. La ciudad se inundaba, yo tenía el agua por la rodilla, pero venía con un carro cargado. Salvaba la mercadería tapando el carro con una bolsa de plástico.

—¿En algún momento la calle fue complicada para vos?

—Sí. En sí, la calle ya es triste. Me tocaba buscar en las esquinas donde la gente tiraba basura porque ahí había cosas que me servían para vender y reciclar. Entonces, era salir a recorrer. Y ya después tenía un mapa en la cabeza: “En tal esquina hay un basural, en esa otra esquina también. Allá tengo que llegar rápido porque si llego un poquito tarde, van a pasar tres o cuatro antes”.

—Y en esa basura, podías encontrar tu tesoro.

—En esa basura están los sueños. En esa basura están los anhelos.

—¿Cómo hiciste para nunca perder los sueños?

—No sé de dónde salió la fuerza… Creo que pasaba por pensar que en algún momento tenía que dejar de hacer eso porque es inhumano, es muy sacrificado. Llegué a tirar un carro a mano con 160 kilos de cartones arriba. Así, literalmente. Y todos los días tener que hacer eso, tener que salir a la calle... A veces no juntás nada, y ahí decís: “Bueno, ¿hasta cuándo?”. Pero me sostenían los chicos. Y la fe de que en algún momento se iba a dar. Y el papel de mi esposa, todos los días.


Nadie puede robar un sueño
Pasaron los días, las semanas, los meses. Y los años. Hasta que Juan comenzó a sentir el rigor de trabajar en la calle y tirar del carro. “El cuerpo me empezó a pasar factura: cada vez tenía menos fuerza, cada vez tenía menos ganas”, recuerda.

Así fue como una mañana encontró una vieja agenda suya con teléfonos de Misiones. Y un contacto: “Técnico de Radio”. Llamó. “Le dije: ‘’Necesito un presupuesto para armar una radio’. ‘¿Cuánto tenés de plata?’, me dice. ‘Nada. Tirame una cifra’. Me pasó. Y empiezo a hacer números: ‘¿Cuántos kilos de cartones por semana, por quincena, por mes? ¿Cuánto me deja todo eso?’. Y vi que en tres años, trabajando duro, podía juntar la plata para comprar la radio”.

—¿Cómo hiciste?

—El proyecto era a tres años, pero pude lograrlo un año antes. Todos pensaban que estaba loco, hasta mi esposa. Lo entiendo: si viene un cartonero y me dice “Estoy pensando hacer una radio”, y está juntando cartones, yo también voy a pensar que está loco.

—Y cuando arrancan La Milagrosa, el barrio se copó.

—Sí, sí. Levantamos la antena de dos metros arriba de la casa, y salíamos al aire desde ahí. Y empezó el boca a boca. Yo era coordinador de un grupo de jóvenes de la parroquia, y muchos empezaron a venir a la radio. La casa se empezó a llenar de gente todo el tiempo. Venían de un lado, del otro, todo el mundo, curiosos, para ver cómo era la radio. Hasta alguno que tenía ganas de aprender, hacer un taller y empezar un programa.

—¿En algún momento la radio empezó a generar ingresos?

—Yo sabía que generar ingresos con la radio iba a ser difícil. Entonces, en paralelo, empecé a comprar equipamientos para armar un emprendimiento de organización de eventos. Compré equipos de sonido y de iluminación, y armé mi primera mini discoteca para hacer animaciones de 15 años, fiestas sociales, en el barrio. Recién ahí, de a poquito, pude dejar el carro.

—¿Cuándo decidís que la radio cumpla también un rol social?

—Desde el principio. Todo el mundo quería hacer radio, pero nadie tenía idea de cómo hacerlo. Entonces se me ocurrió hacer un taller para poder enseñarles a los chicos del barrio. Yo también fui capacitándome, aprendiendo un montón de cosas para después poder enseñar.

—¿Qué sentís cuando ves que le estás cambiando la vida a un pibe del barrio?

—Yo creo que uno se da cuenta con el tiempo... Al principio la gente venía y se anotaba al taller de radio. Y con los años, la gente venía para anotarse para la facultad. Y yo decía: “¿Qué pasó acá?”. O sea, empezamos a anotar gente para la facultad…

—¿Vos los ayudabas a anotarse para que ellos estudiaran Comunicación en la universidad?

—Claro. O conseguirle el colegio. No todos estudiaban Comunicación: de ahí salieron enfermeros y enfermeras, técnicos en sonido, diseñadores gráficos. Y ahí ya es distinto, porque muchos de esos pibes pudieron salir del barrio, están trabajando, y alquilan o viven afuera.

—Y con tu familia, ¿siguieron en esa misma habitación o se mudaron?

—Nos mudamos hace poco tiempo. Vivíamos pegados al edificio Elefante Blanco, en la zona más humilde del barrio, y cuando lo derrumbaron nos mudamos. Ahora estamos en otro sector del barrio. Por suerte, con un subsidio del Gobierno de la Ciudad pudimos comprar una casa mejor. Hoy estamos mucho mejor que antes. Muchos chicos crecieron y ya están haciendo su vida, pero los que quedan en casa, con nosotros, tienen sus habitaciones.


—Es importante decirlo: hay gente laburante en Ciudad Oculta.

—Mucha, mucha, mucha. Siempre digo que en este tipo de barrios, como Ciudad Oculta, vive la gente que construye la ciudad. Ahí están los albañiles que salen a las 5 de la mañana a trabajar y vuelven tarde. Construyen esa ciudad que muchas veces no valora su trabajo.

—¿Es un objetivo salir del barrio?

—Para los más pibes que tienen sueños de hacer una carrera, sí. Salir del barrio implica vivir mejor.

—¿Y vos querés irte?

—No sé… Hoy nuestro principal trabajo está dentro del barrio, no solamente en lo social. Yo sigo trabajando con eventos.

—¿Pero te gustaría que tus hijos se vayan?

—Sí. De hecho, dos de nuestros hijos ya viven afuera. Micaela y Marianela trabajan en salud. Ángel, que tiene 20 años, está estudiando para ser maestro.

—Y llegó a Buenos Aires bebé.

—Llegó bebé…

—¿Con Carmen tuvieron más hijos?

—Sí, Josías y Tiziano. Todos están estudiando.

—¿Alguna vez sentiste que no ibas a poder?

—Sí. A veces se me cruzaba por la cabeza… Si yo me guiaba por mi historia, tal vez no hubiese logrado nada. Pero siempre traté de dejar mi historia de lado y pensar que las cosas podían cambiar. Y que yo tenía esa fuerza interior para cambiarlo, si hacía el esfuerzo. Siempre digo: yo puedo hacer todo lo que me proponga. Uno tiene un destino marcado, pero también está en uno poder cambiarlo.
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