Politica
SOLEDAD
De qué está hecha la soledad
Un congreso en Córdoba, el primer estudio argentino, un libro nuevo y una pregunta que el país todavía no está respondiendo
Señora mayor disfruta de la lectura en solitario en un banco de parque, evidenciando cómo los momentos de tranquilidad pueden ser un refugio contra la soledad y el aislamiento. La imagen invita a considerar el impacto de la falta de interacciones sociales en la salud mental, y la necesidad de abordar estos temas a través de la psicología y la terapia.
En un mundo cada vez más conectado, estamos cada vez más solos: las plataformas digitales prometen cercanía y entregan comparación. Los algoritmos aprenden nuestros gustos y nos encierran en cámaras de eco. Y la IA, que puede simular conversación, no puede reemplazar la presencia física.
Un televisor inútil, eléctrica compañía, la radio a todo volumen… y una prisión, que no es mía. Teníamos veinte años cuando cantábamos esa canción en los recitales de Sui Generis y Charly García tenía un poco más de veinte cuando la escribió. Eran principios de los setenta y la idea de soledad y vejez ya iban de la mano aunque recién ahora empieza a ser una preocupación.
Esta semana, en Córdoba, se realizó el primer Congreso Argentino sobre Soledad No Deseada. Durante dos días, especialistas de todo el país y de América Latina, delegados de municipios como Rosario, Mendoza y La Rioja, periodistas y activistas intentamos avanzar sobre lo que comienza a ser el primer problema de salud pública. La soledad no deseada, que lleva a muchas otras enfermedades, que es mayor en la edad adulta pero que comienza a alarmar entre los jóvenes.
El Observatorio Municipal de Soledad No Deseada de Córdoba funciona desde septiembre de 2024. Su primer estudio trabajó con 765 personas de entre 60 y 85 años y usó dos escalas internacionales: una que mide la soledad percibida y otra que mide el riesgo de aislamiento social. La distinción parece sutil y no lo es. El aislamiento social es una condición objetiva: pocos contactos, baja frecuencia de interacción. La soledad no deseada es una experiencia subjetiva: aparece cuando los vínculos existentes no alcanzan. Una persona puede vivir sola y no sentirse sola. Otra puede estar rodeada de gente y sentirse completamente desconectada.
Los números dicen que el 57,78% de los mayores cordobeses presenta soledad percibida moderada. El 24,18% tiene alto riesgo de aislamiento social. Y casi el 20% combina las dos dimensiones al mismo tiempo: siente soledad y tiene redes frágiles. Ese 20% pide intervención urgente.
Hay otro dato que no está en los gráficos pero que explica por qué el tema llegó a la agenda: el 30% de las llamadas al 0800 de salud mental de Córdoba son de personas que marcan simplemente porque necesitan hablar con alguien. No por crisis. No por emergencia. Por no tener a quién llamar.
Cinco personas sentadas en un escenario. Un hombre habla por micrófono, con una pantalla de fondo que muestra "1° Congreso Nacional sobre Soledad No Deseada"
Esta semana, en Córdoba, se realizó el primer Congreso Nacional sobre Soledad No Deseada que reunió a especialistas de todo el país y la región, periodistas y activistas
Las mujeres van, los hombres se aguantan
El estudio cordobés registra con precisión algo que los datos internacionales confirman: las mujeres participan más en espacios grupales, sostienen redes con mayor frecuencia y buscan ayuda con más naturalidad. Los varones tienen mayor dificultad para pedir ayuda, expresar malestar o integrarse. El nombre que emerge en los grupos focales: el mandato de no molestar. También aparecen la vergüenza, el sentimiento de inutilidad y la necesidad de mostrarse autosuficiente.
“Muchas personas no dicen /estoy solo/”, explicó Juan Carlos Mansilla, director del IPLAMU y coordinador general del congreso. “Dicen ‘no quiero ser una carga’. Ese silencio es epidemiológicamente muy importante: muestra que la soledad no siempre se declara, pero sí se padece”.
La investigación internacional profundiza ese hallazgo. Un estudio del Pew Research Center de 2025 encontró que los hombres son significativamente menos propensos a buscar apoyo en familiares, amigos o profesionales de salud mental, y se comunican con menos frecuencia con sus amigos. El 20% de los hombres solteros declara no tener ningún amigo cercano. Y los hombres no solo sufren la soledad en silencio, la sufren con consecuencias físicas más severas: son 3,3 veces más propensos que las mujeres a morir por lo que los especialistas llaman “muertes de desesperación”: suicidio, sobredosis, enfermedades relacionadas con el alcohol.
Para Mansilla, eso obliga a diseñar entradas distintas: “Con varones, muchas veces la entrada no es ‘venga a hablar de su soledad’, sino /venga a hacer algo con otros/”. Clubes, deporte, oficios, memoria barrial: actividades que bajan la guardia del mandato de no molestar sin nombrarlo.
“La soledad es la causa de las causas”
El médico clínico y geróntolo Carlos Presman, uno de los disertantes del congreso, lo dijo con una contundencia que merece repetirse: “La soledad es la causa de las causas”. Cuando una persona se percibe sola, explicó, “se disparan mecanismos que enferman”. Y diferenció la soledad no deseada de lo que llamó “solitud”, la elección voluntaria de estar solo, que no tiene consecuencias negativas. La diferencia no es el estar sola. Es el no haber elegido estarlo.
La evidencia científica que respalda esa afirmación se acumuló durante décadas. La Comisión Lancet sobre Demencia de 2024 identificó la soledad y el aislamiento social como uno de los catorce factores de riesgo modificables para el deterioro cognitivo. La OMS la declaró epidemia global. Y el estudio longitudinal más largo de la historia —ochenta y cinco años de seguimiento en Harvard— llegó a una conclusión que desplaza el centro de gravedad: las personas con mejores vínculos sociales viven más, se enferman menos y llegan mejor a la vejez. No las más ricas. No las más exitosas. Las más conectadas.
El estudio realizado en Córdoba registra con precisión algo que los datos internacionales confirman: las mujeres participan más en espacios grupales, sostienen redes con mayor frecuencia y buscan ayuda con más naturalidad. Mientras los varones tienen mayor dificultad para pedir ayuda, expresar malestar o integrarse
Hiperconectados y solos
Victoria O’Donnell es socióloga e investigadora especializada en tecnología y salud mental. En el congreso presentó Mosaicos, su libro publicado por El Gato y la Caja, una radiografía de la sociedad contemporánea a través de historias reales sobre la epidemia de soledad del siglo XXI. La tesis que recorre el libro es la misma que Presman señaló como eje del congreso: vivimos en un mundo que ha logrado optimizarlo todo, excepto los vínculos.
Las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial plantean en este contexto una paradoja que el estudio cordobés menciona y que O’Donnell desarrolla: en un mundo cada vez más conectado, estamos cada vez más solos. Las plataformas digitales prometen cercanía y entregan comparación. Los algoritmos aprenden nuestros gustos y nos encierran en cámaras de eco. Y la IA, que puede simular conversación, no puede reemplazar la presencia física —que es, según Susan Pinker, el predictor número uno de longevidad.
El Barómetro de Soledad No Deseada de España 2024 —uno de los estudios más completos disponibles en el mundo hispanohablante— encontró que una de cada cinco personas sufre soledad no deseada, y que la prevalencia es el doble entre quienes viven solos respecto de quienes viven acompañados. España tiene un Observatorio Estatal que calcula que el problema le cuesta al país 14.141 millones de euros al año. Japón tiene Ministerio de la Soledad desde 2021. El Reino Unido también. Argentina no tiene ninguna de las dos cosas.
La OMS declaró a la soledad no deseada epidemia global. Y un estudio de Harvard concluyó que las personas con mejores vínculos sociales viven más, se enferman menos y llegan mejor a la vejez .
Lo que el PNUD ya sabe
En diciembre de 2025, el Laboratorio de Aceleración del PNUD Argentina publicó un mapeo de más de cien iniciativas contra la soledad no deseada en todo el mundo. Su conclusión es una declaración política: “La conexión social y el bienestar —ambos elementos intangibles— deberían ser objetivos de política pública”. Y agregó que no existe una solución única: la clave está en combinar enfoques, generar evidencia local y fortalecer el sentido comunitario.
El congreso de esta semana avanzó en esa dirección: Verónica Moreno desarrólo tres líneas de intervención concretas: detección temprana, acompañamiento a la reconexión social y fortalecimiento de redes comunitarias, y el diseño de los linkeadores sociales, personas formadas para funcionar como puente entre quien está solo y la comunidad que existe pero no llega. El modelo ya funciona en Madrid. Argentina aún lo está diseñando.
El estudio también señala algo que conviene repetir: el problema no puede reducirse al campo sanitario. La inseguridad, las veredas en mal estado, el costo del transporte, la falta de espacios comunitarios accesibles y la brecha digital limitan la participación social y profundizan el aislamiento. Una vereda rota no parece un problema de salud pública. Pero lo es.
Nombrar para poder actuar
“Cuando uno conceptualiza el tema así —soledad no deseada— se transforma en un hecho bastante organizador de la acción”, dijo Mansilla. “Lo nuevo no es que se empiece a abordar la soledad. Es que se empieza a nombrarla”.
Nombrar. Medir. Diseñar respuestas. Eso es lo que el congreso de esta semana intentó hacer. Con un estudio propio, con datos locales, con especialistas que llevan décadas trabajando el tema y con una escritora que acaba de publicar un libro sobre las formas que toma la soledad en el siglo XXI.
Lo que el resto del país todavía no hizo.
Charly García escribió esa canción a los veinte años. No sabía que estaba describiendo una epidemia. O quizás sí, porque ya sabemos que veía el futuro.
Señora mayor disfruta de la lectura en solitario en un banco de parque, evidenciando cómo los momentos de tranquilidad pueden ser un refugio contra la soledad y el aislamiento. La imagen invita a considerar el impacto de la falta de interacciones sociales en la salud mental, y la necesidad de abordar estos temas a través de la psicología y la terapia.
En un mundo cada vez más conectado, estamos cada vez más solos: las plataformas digitales prometen cercanía y entregan comparación. Los algoritmos aprenden nuestros gustos y nos encierran en cámaras de eco. Y la IA, que puede simular conversación, no puede reemplazar la presencia física.
Un televisor inútil, eléctrica compañía, la radio a todo volumen… y una prisión, que no es mía. Teníamos veinte años cuando cantábamos esa canción en los recitales de Sui Generis y Charly García tenía un poco más de veinte cuando la escribió. Eran principios de los setenta y la idea de soledad y vejez ya iban de la mano aunque recién ahora empieza a ser una preocupación.
Esta semana, en Córdoba, se realizó el primer Congreso Argentino sobre Soledad No Deseada. Durante dos días, especialistas de todo el país y de América Latina, delegados de municipios como Rosario, Mendoza y La Rioja, periodistas y activistas intentamos avanzar sobre lo que comienza a ser el primer problema de salud pública. La soledad no deseada, que lleva a muchas otras enfermedades, que es mayor en la edad adulta pero que comienza a alarmar entre los jóvenes.
El Observatorio Municipal de Soledad No Deseada de Córdoba funciona desde septiembre de 2024. Su primer estudio trabajó con 765 personas de entre 60 y 85 años y usó dos escalas internacionales: una que mide la soledad percibida y otra que mide el riesgo de aislamiento social. La distinción parece sutil y no lo es. El aislamiento social es una condición objetiva: pocos contactos, baja frecuencia de interacción. La soledad no deseada es una experiencia subjetiva: aparece cuando los vínculos existentes no alcanzan. Una persona puede vivir sola y no sentirse sola. Otra puede estar rodeada de gente y sentirse completamente desconectada.
Los números dicen que el 57,78% de los mayores cordobeses presenta soledad percibida moderada. El 24,18% tiene alto riesgo de aislamiento social. Y casi el 20% combina las dos dimensiones al mismo tiempo: siente soledad y tiene redes frágiles. Ese 20% pide intervención urgente.
Hay otro dato que no está en los gráficos pero que explica por qué el tema llegó a la agenda: el 30% de las llamadas al 0800 de salud mental de Córdoba son de personas que marcan simplemente porque necesitan hablar con alguien. No por crisis. No por emergencia. Por no tener a quién llamar.
Cinco personas sentadas en un escenario. Un hombre habla por micrófono, con una pantalla de fondo que muestra "1° Congreso Nacional sobre Soledad No Deseada"
Esta semana, en Córdoba, se realizó el primer Congreso Nacional sobre Soledad No Deseada que reunió a especialistas de todo el país y la región, periodistas y activistas
Las mujeres van, los hombres se aguantan
El estudio cordobés registra con precisión algo que los datos internacionales confirman: las mujeres participan más en espacios grupales, sostienen redes con mayor frecuencia y buscan ayuda con más naturalidad. Los varones tienen mayor dificultad para pedir ayuda, expresar malestar o integrarse. El nombre que emerge en los grupos focales: el mandato de no molestar. También aparecen la vergüenza, el sentimiento de inutilidad y la necesidad de mostrarse autosuficiente.
“Muchas personas no dicen /estoy solo/”, explicó Juan Carlos Mansilla, director del IPLAMU y coordinador general del congreso. “Dicen ‘no quiero ser una carga’. Ese silencio es epidemiológicamente muy importante: muestra que la soledad no siempre se declara, pero sí se padece”.
La investigación internacional profundiza ese hallazgo. Un estudio del Pew Research Center de 2025 encontró que los hombres son significativamente menos propensos a buscar apoyo en familiares, amigos o profesionales de salud mental, y se comunican con menos frecuencia con sus amigos. El 20% de los hombres solteros declara no tener ningún amigo cercano. Y los hombres no solo sufren la soledad en silencio, la sufren con consecuencias físicas más severas: son 3,3 veces más propensos que las mujeres a morir por lo que los especialistas llaman “muertes de desesperación”: suicidio, sobredosis, enfermedades relacionadas con el alcohol.
Para Mansilla, eso obliga a diseñar entradas distintas: “Con varones, muchas veces la entrada no es ‘venga a hablar de su soledad’, sino /venga a hacer algo con otros/”. Clubes, deporte, oficios, memoria barrial: actividades que bajan la guardia del mandato de no molestar sin nombrarlo.
“La soledad es la causa de las causas”
El médico clínico y geróntolo Carlos Presman, uno de los disertantes del congreso, lo dijo con una contundencia que merece repetirse: “La soledad es la causa de las causas”. Cuando una persona se percibe sola, explicó, “se disparan mecanismos que enferman”. Y diferenció la soledad no deseada de lo que llamó “solitud”, la elección voluntaria de estar solo, que no tiene consecuencias negativas. La diferencia no es el estar sola. Es el no haber elegido estarlo.
La evidencia científica que respalda esa afirmación se acumuló durante décadas. La Comisión Lancet sobre Demencia de 2024 identificó la soledad y el aislamiento social como uno de los catorce factores de riesgo modificables para el deterioro cognitivo. La OMS la declaró epidemia global. Y el estudio longitudinal más largo de la historia —ochenta y cinco años de seguimiento en Harvard— llegó a una conclusión que desplaza el centro de gravedad: las personas con mejores vínculos sociales viven más, se enferman menos y llegan mejor a la vejez. No las más ricas. No las más exitosas. Las más conectadas.
El estudio realizado en Córdoba registra con precisión algo que los datos internacionales confirman: las mujeres participan más en espacios grupales, sostienen redes con mayor frecuencia y buscan ayuda con más naturalidad. Mientras los varones tienen mayor dificultad para pedir ayuda, expresar malestar o integrarse
Hiperconectados y solos
Victoria O’Donnell es socióloga e investigadora especializada en tecnología y salud mental. En el congreso presentó Mosaicos, su libro publicado por El Gato y la Caja, una radiografía de la sociedad contemporánea a través de historias reales sobre la epidemia de soledad del siglo XXI. La tesis que recorre el libro es la misma que Presman señaló como eje del congreso: vivimos en un mundo que ha logrado optimizarlo todo, excepto los vínculos.
Las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial plantean en este contexto una paradoja que el estudio cordobés menciona y que O’Donnell desarrolla: en un mundo cada vez más conectado, estamos cada vez más solos. Las plataformas digitales prometen cercanía y entregan comparación. Los algoritmos aprenden nuestros gustos y nos encierran en cámaras de eco. Y la IA, que puede simular conversación, no puede reemplazar la presencia física —que es, según Susan Pinker, el predictor número uno de longevidad.
El Barómetro de Soledad No Deseada de España 2024 —uno de los estudios más completos disponibles en el mundo hispanohablante— encontró que una de cada cinco personas sufre soledad no deseada, y que la prevalencia es el doble entre quienes viven solos respecto de quienes viven acompañados. España tiene un Observatorio Estatal que calcula que el problema le cuesta al país 14.141 millones de euros al año. Japón tiene Ministerio de la Soledad desde 2021. El Reino Unido también. Argentina no tiene ninguna de las dos cosas.
La OMS declaró a la soledad no deseada epidemia global. Y un estudio de Harvard concluyó que las personas con mejores vínculos sociales viven más, se enferman menos y llegan mejor a la vejez .
Lo que el PNUD ya sabe
En diciembre de 2025, el Laboratorio de Aceleración del PNUD Argentina publicó un mapeo de más de cien iniciativas contra la soledad no deseada en todo el mundo. Su conclusión es una declaración política: “La conexión social y el bienestar —ambos elementos intangibles— deberían ser objetivos de política pública”. Y agregó que no existe una solución única: la clave está en combinar enfoques, generar evidencia local y fortalecer el sentido comunitario.
El congreso de esta semana avanzó en esa dirección: Verónica Moreno desarrólo tres líneas de intervención concretas: detección temprana, acompañamiento a la reconexión social y fortalecimiento de redes comunitarias, y el diseño de los linkeadores sociales, personas formadas para funcionar como puente entre quien está solo y la comunidad que existe pero no llega. El modelo ya funciona en Madrid. Argentina aún lo está diseñando.
El estudio también señala algo que conviene repetir: el problema no puede reducirse al campo sanitario. La inseguridad, las veredas en mal estado, el costo del transporte, la falta de espacios comunitarios accesibles y la brecha digital limitan la participación social y profundizan el aislamiento. Una vereda rota no parece un problema de salud pública. Pero lo es.
Nombrar para poder actuar
“Cuando uno conceptualiza el tema así —soledad no deseada— se transforma en un hecho bastante organizador de la acción”, dijo Mansilla. “Lo nuevo no es que se empiece a abordar la soledad. Es que se empieza a nombrarla”.
Nombrar. Medir. Diseñar respuestas. Eso es lo que el congreso de esta semana intentó hacer. Con un estudio propio, con datos locales, con especialistas que llevan décadas trabajando el tema y con una escritora que acaba de publicar un libro sobre las formas que toma la soledad en el siglo XXI.
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